Estaba oscuro. Tan oscuro que no alcanzaba a ver sus manos, que tiritaban de miedo. Sí, tenía miedo, pero no de la oscuridad. La oscuridad no hace daño. Tenía miedo de la luz. De ver aparecer la rojiza luz de unos rabiosos ojos que la perseguían en la penumbra. Apretó los ojos ante tal visión, y de pronto, oyó pasos. Llegaban secos y distantes, luego resonaba el eco. El sonido se iba acercando lentamente, cada vez había menos espacio entre el paso y su eco. Comenzó entonces a oír una pesada respiración, algo ronca. Su corazón presionaba fuertemente su pecho y emitía tal sonido que llegó a pensar que la descubriría solo por ello. Esperó, convenciéndose a sí misma de que no la vería, de que pasaría de largo sin advertir el pequeño ovillo que formaba en la oscuridad.
La última pisada resonó tan cercana que le pareció que estaba al otro lado, doblando la esquina. Sacó lentamente la cabeza de entre los brazos, tiritando e intentando no respirar. Entonces los vio: brillaban como dos lucecillas rojizas. Se hincaron en ella, traspasándola hasta el alma. Advirtió, debajo, dibujándose poco a poco, una malévola expresión parecida a una macabra sonrisa. Sentía que el corazón le iba a brotar por la boca. De pronto se levantó y echó a correr. Corría con todas sus fuerzas, moviendo sus brazos por delante, luchando contra la oscuridad. Le seguían unos ruidosos y pesados pies. Cada vez más de cerca. Seguía corriendo, no podía parar. Notaba, de algún modo, unas enormes y aterradoras garras, deslizándose hacia ella en plena carrera. De pronto la pierna más adelantada quedó sin apoyo, palpó el vacío. Tropezó y cayó. Caía, pero se alejaba de esos rojizos ojos brillantes, que la contemplaban impotentes en su descenso…
De pronto, despertó. Oyó un portazo, algunos golpes. Se incorporó, sudorosa, en la cama. Cogió las mantas y las apretó, haciéndose un ovillo. Los pasos se acercaban cada vez más, por el pasillo, acompañados de una sonora respiración. De pronto, unas suaves perlas manaron de sus apretados ojos y corretearon por su mejilla hasta caer entre las sábanas. Sabía que esta vez no podía escapar. Esto era la realidad. En cualquier momento él entraría por la puerta, apestando a alcohol, y no podría correr. Una leve brisa agitó su cabello. No podría escapar. Miró hacia la ventana abierta. Sonrió…